Islandia, los osos polares e Internet
Miquel Mas
24/01/2011 - 10:53 h
El otro día estaba leyendo un artículo de Javier Sampedro en El País sobre los efectos del calentamiento global en la evolución de las especies que me pareció muy interesante. La cosa es más o menos así: el hielo del polo norte se está fundiendo poco a poco y esto hace que la población de osos polares descienda hacia el sur, con lo que ya se han detectado individuos de una nueva especie híbrida de oso, que es un cruce mitad de oso polar y mitad de su compañero del sur, el grizzly.
La hibridación es un mecanismo evolutivo que la naturaleza ha utilizado durante millones de años para generar nuevas especies, o sea que, hasta aquí, ningún problema.
El problema se presenta cuando los biólogos descubren que ya existe algún oso cuyo genoma es un cuarto de oso polar y tres cuartos de grizzly, es decir un animal híbrido de segunda generación, porque la hibridación se está produciendo a tal velocidad que la especie de oso dominante, el marrón, se está imponiendo sobre la otra, el blanco, con el consiguiente riesgo de desaparición para la especie menos numerosa. En este caso, la hibridación, en lugar de ser un motor de generación de nuevas especies, se convierte en un mecanismo de extinción de especies. Alarmante.
¿Y que tiene que ver Internet con todo esto? Pues que Internet podría estar produciendo en nosotros un efecto similar al que el deshielo de los polos produce en los osos.
Me explico: la extraordinaria velocidad de los cambios que Internet produce en nuestra sociedad, está poniendo a prueba nuestra capacidad para asimilarlos. No todos estamos igualmente preparados para asimilar con tanta rapidez el cambio exponencial que experimenta nuestro entorno. Y el sistema se resiente.
La clave me la dio otro interesante artículo en el Harvard Business Review, que me recordó al de Sampedro y los osos polares.
El artículo habla de ‘Overconnected’, un libro de William H. Davidow que destaca los riesgos inherentes a la hiperconectividad en la que vivimos inmersos hoy en día. Lo explica de la siguiente manera: si a un sistema se le aumenta drásticamente su conectividad, algunas de sus partes, cuando no el sistema en sí mismo, serán incapaces de reajustarse. Como si se te funde el hielo en el que vives, vaya.
Este es el principio que podría explicar cómo Internet ha sido el factor determinante en la rapidez y la intensidad de la expansión de la actual crisis económica global, y cómo Islandia, uno de los primeros países en caer de forma fulminante, podría ser el ejemplo paradigmático de la incapacidad de adaptación de muchos otros países. Un país tradicionalmente aislado, que fue súbitamente conectado al mundo y al anonimato de los mercados financieros online, y cuyas instituciones no supieron afrontar la velocidad a la que la información y el pánico se propagaron. ¿Te suena?
Pero el problema no es sólo el daño que la hiperconectividad y la revolución digital están haciendo a nuestra economía, sino también a nuestra cultura y a nuestra propia identidad. Sin tiempo para poder asimilar la hibridación, sin tiempo para poder evolucionar, ¿no estaremos cayendo en manos de un peligroso reduccionismo uniformador?
No me gusta empezar el año de una forma pesimista, pero me parece francamente preocupante ver nuestra incapacidad como sociedad para asimilar el ritmo y la intensidad de los cambios que está provocando Internet para nuestro propio bien. Nuestra incapacidad para convertir Internet en un motor de evolución y progreso de nuestra especie, en lugar de transformarlo en un peligroso mecanismo de extinción de riqueza y pluralidad.
Como les está pasando a los pobres osos polares.




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